Lo importante es que la tenía entre mis manos

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Apuré el puro que estaba fumando: un habano de los de Cuba, que casi nadie los fuma hoy en día -valen muy caros-, pero lo cierto es que me lo habían regalado. Uno, a veces, pasa el tiempo…con cualquier cosa, es decir, con el primer objeto que le viene a la mano: un libro, una fotografía, un sueño, una ilusión perdida… ¡Cualquier cosa! Cayó entre mis manos una fotografía…

La verdad, dicho sea de paso, es que no supe jamás quien fue su dueño, pero qué más da… Lo importante es que la tenía entre mis manos, y ahora era elemental dejar a mi imaginación buscar el porqué de la misma, y el saber algo de sus integrantes.

Uno cree en la música, el cine, el sexo y en todos mis compañeros de viaje. Creo que la mujer es el ser más maravilloso sobre la tierra. Creo en las cosas que me hacen estremecer. Creo que me mienten muchas veces al cabo del día, pero me hago el tonto para así mejor dormir. Pero, sobre todas las cosas, creo en el deber y el amor que han de supervivir en todas las relaciones humanas…Porque en el fondo…uno es un romántico de los pies a la cabeza, que vive para soñar, y soñar es vivir para siempre. Todas las religiones tienen un solo Dios: el Dios de todas las religiones, que valga la redundancia ¡Ah!, ¡se me olvidaba! Creo en Dios- el Dios de todas las religiones.

Debo comunicaros que está noche no dormí bien. Dicho de otro modo: no pegué ojo. Me pasó lo que yo sé. “Cuando llevó un día agitado y preocupado, resolviendo o tratando de resolver -en la medida de lo imposible, haciendo que sean posibles- serios problemas, que afectan a esas ‘pobres gentes’ sin comida, sin ropas, sin ganas o con pocas ganas de seguir viviendo…, que malviven no lejos de mi domicilio, me ocurre siempre lo mismo: por la noche no duermo”.

Es curioso cómo, a veces, los recuerdos afloran a nuestras memorias -verdaderas cajas de sorpresas-, que son silencios caídos del cielo como agua de mayo, y que, no lejos de la verdad, nos marcan las directrices exactas a seguir por nuestros entendimientos: éstas que son sacudidas por el motor que mueve la sangre por mis venas: el corazón humano. Corazón y entendimiento, entendimiento y corazón: ambos piezas fundamentales para mover el mundo. Porque los recuerdos afloran a nuestras memorias, que son silencios caídos del cielo como agua de mayo… Esto siempre nos pasa, sin duda, cuando estamos pensando un poco en los demás.

¡Si hablaran mis ojos… de cuántas cosas nos enteraríamos! Y hablaron mis ojos y me relataron lo que vi en aquella fotografía: Sandra, Tamara y Jessica salieron el viernes a las 23.00 h, como todos los viernes, con el propósito de tomar unas copas con sus amigos. Llevaban sus neceseres en orden: barra de labios, píldoras anticonceptivas, globos protectores para el instrumento… –pues no es más que un instrumento, más grande o más pequeño, pero instrumento al fin y al cabo– procreador masculino, DNI y 50 euros. Paró un coche con conocidos. Les dijeron los tres del coche: “¡Subid! ¿A dónde vais?”. “A dónde vayáis vosotros”, contestaron.

Los jóvenes les comentaron que lo iban a pasar muy bien. Que sabían de un buen rollo y gratis. Corría el vehículo a gran velocidad, y del interior salía música estridente a toda pastilla. Sobre las 23.55 h, después de atravesar una arboleda semicircular llenas de hojas verdes, llegaron a un enorme hangar, se bajaron y subieron a un ascensor que bajó. Se abrió la puerta, y en una antesala el camarero les sirvió a todos una especie de vermú con aceitunas, caviar, salmón ahumado… Les indicó que se pusiesen unos pasamontañas negros autoadhesivos. Al poco, los jóvenes acompañantes se esfumaron.

Los recuerdos afloran a nuestras memorias, que son silencios caídos del cielo como agua de mayo…, y que muchas veces se transforman en realidades, entre la que figura ésta que os estoy contando. Leed, leed cuanto os plazca…, porque sacaréis consecuencias lógicas como uno las ha sacado.

Sandra me narró lo anterior, quien en compañía de las otras dos muchachas también desapareció. Mi pareja sentimental y yo fuimos en un taxi con cristales oscuros. Con los ojos sellados con esparadrapo, y con nuestros relojes parados y sin pilas. Nos llevaron a una sala semicircular, y en el centro aparecieron tres jóvenes completamente desnudas. Podrían tener entre 17 y 22 años, pues la hermosura de sus cuerpos así lo denotaba. Bailaban dentro de un aturdimiento de movimientos. Aparecieron tres hombres maduros–que ocultaban sus rostros con pasamontañas de tela fina negros–, que sodomizaron a las tres jóvenes, llevando a cabo toda clase de sevicias sexuales. Desgarradores gritos salían de las gargantas de las tres infelices muchachas.

Los que estaban sentados en el salón y proscenios consumían cocaína, esnifándola por sus narices. Mi pareja y yo abandonamos el recinto ante tal salvaje espectáculo, volviendo en el mismo taxi que llegamos, y con los ojos bien tapados.

A los pocos meses apareció en prensa que “tres jóvenes habían aparecido muertas, con indicios racionales corroborados por el forense, de haber sido violentadas sexualmente”. Me dijo mi pareja sentimental que debíamos denunciar lo que presenciamos. Le contesté que poco o nada podíamos notificar: denunciar el lugar en que estuvimos y que desconocíamos, nuestros relojes –ya sin pilas– se pararon a las 23.05 h, y todos los presentes se hallaban con rostros tapados, así como aquellos insaciables enfermos hombres maduros que protagonizaron el espectáculo macabro. Al final, acudimos a la Policía…

Más tarde se dio a la luz los informes de los forenses que intervinieron en el asunto relatado, que así rezaron: a) Las ropas y objetos personales pertenecían a Sandra: su muerte había sido del todo violenta con destrucción de centros vitales encefálicos por arma de fuego. Cadáver con dilatación en zona anal producida por objeto o parte anatómica, etcétera, etcétera; b) Tamara no había corrido mejor suerte. Le mataron de un tiro después de ser torturada de forma violenta. Las ropas pertenecían a la a la examinada. Sus centros vitales fueron destruidos por arma de fuego. Su cadáver presenta amputación traumática de pezón, etcétera, etcétera, y c) Las drogas alteran seriamente la mente humana, el juicio, la percepción, las emociones, el autocontrol… fomentando comportamientos agresivos y antisociales. La última desafortunada muchacha, Jessica, sin duda, sufrió tanto o más que las otras dos reseñadas con anterioridad. Su muerte fue también violenta. Las ropas y objetos encontrados sobre su cadáver pertenecían a ella. Se destruyeren centros vitales como consecuencia de herida por arma de fuego. En su cadáver aparecieron signos de agresión vaginal, etc., etc.

Hemos visto, y en nuestro caso particular, que las drogas son unos fertilizantes maravillosos para el desarrollo del crimen en general, sin que nos olvidemos del alcohol, en particular, que es otro desencadenante de la muerte violenta. Cada caso resuelto es un golpe a la impunidad, y nos alegramos todos de que así sea.

Con las drogas se consigue una especie de escape inmediato de los problemas sociales que nos afecten a nuestras sociedades actuales y a nosotros mismos, y al mismo tiempo, permiten materializar fantasías inalcanzables que nuestro cerebro nos transmite, y que las ha avivado nuestra sociedad de consumo: ropa de alto coste, joyas, viajes, el juego… e incluso entrar en posesión de armas de fuego (un enorme peligro para los humanos).Y es que las drogas -sustancias psicotrópicas- alteran seriamente la mente humana, el juicio, la percepción, las emociones, el autocontrol… fomentando comportamientos agresivos y antisociales.

La agresión sádica que hemos leído se ha llevado a cabo en una situación de cautiverio de las jóvenes aludidas con anterioridad: Sandra, Tamara y Jessica. Se empleó sobre éstas violencia -mental y psíquica-, violencia empleada por los propios hombres. Es triste reconocer que nosotros los humanos –seres creados por Dios, el todas las religiones– llevamos dentro de nuestros corazones odio y venganza negra, que repartimos sin que nuestras conciencias sientan estupor o pánico de lo que podemos ser capaces de cometer contra nuestros hermanos en el mundo entero.

Hemos de comprender que la crueldad humana puede alcanzar límites insospechados, pero, por suerte, existen reducidos grupos de población capaces de causarnos algún mal -a nosotros y nuestros bienes inmuebles-: hombres y mujeres, mujeres y hombres sádicos, vengativos, agresivos, psicópatas…, que son capaces de matar por el mero hecho de matar: otros muchos lo hacen por dinero.

No obstante, vuelvo a insistir: el hombre es una fiera contra el hombre, porque los animales matan para alimentarse, pero los seres humanos matamos y torturamos por el mero placer de torturar y matar… haciendo sufrir –con nuestros actos– a los más débiles y viéndoles llorar lágrimas que se vuelven hielo.

Son semillas de violencia que albergamos en nuestros corazones, y que a lo largo de nuestra vida las empleamos como una falsa autodefensa y una revancha malentendida. (El Libro de los Salmos nos advierte que “el justo se regocijará cuando sediento de venganza se lave sus pies en la sangre: del malhechor”.)

Termino diciendo: Una fotografía de tres muchachas y la imaginación-mi imaginación-, que trabajo como acostumbra… Un relato que pudo haber ocurrido y ocurrió (?)

La Coruña, 20 de junio de 2017

©Mariano Cabrero Bárcena es escritor

 

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Nuestras limitaciones

 

 

 

 

 

 

 

 

El tiempo libre ofrece un gran abanico de opciones

 

OPINIÓN / La vejez, junto a obstáculos que superar, ofrece posibilidades para llevar a cabo lo que otra etapa de la vida no nos permitió

Siempre fueron muy felices mis progenitores, ni que decir tiene… Se despedían, cuando novios, con mil besos -capullos de rosas mil colores- en el portal de la casa de mi madre. Más tarde se llamaban por teléfono mil y una veces al día, se escribían pequeñas misivas cada dos por tres, y jamás sintieron el vacío de sus corazones enamorados.

Nunca se les acabó el amor: siempre tenían caricias y besos para demostrarlo. Felices fueron, ¡muy felices!, sabiendo pasar del rosa al amarillo -de la juventud a senectud- en sus vidas terrenales.

Mi madre y mi padre -ella y él- habían ido un montón de veces al cine, al teatro, a bailar, a la Zarzuela, a la Feria del libro, a la del Vino, a la de los anticuarios… Vivir para creer en los sentimientos propios y los ajenos, y morir para nunca jamás olvidar tiempos pasados: sean éstos buenos o malos, menos buenos o menos malos.

 

Nuestras limitaciones a lo largo de la vejez y últimas vivencias -con la experiencia que dan los años- hacen que éstas nos concedan el tiempo suficiente para poder pensar y plantearnos ‘cómo pasar el tiempo’

Sin presente y sin futuro para planificar, necesariamente, la vida en la vejez tiende a refugiarse en el pasado: ¡qué tristes perspectivas de vida se avecinan para las personas mayores! Pienso, muchas veces, que es provechoso reírse de un mismo e, incluso, de nuestra propia sombra: de esta manera descubro lo poco que sé, y lo mucho que me queda por aprender.

 

Nuestras limitaciones a lo largo de la vejez y últimas vivencias -con la experiencia que dan los años- hacen que éstas nos concedan el tiempo suficiente para poder pensar y plantearnos ‘cómo pasar el tiempo’, y entiende uno que debemos dedicarnos, precisamente, a desarrollar aquellas actividades que, por falta de tiempo, nunca pudimos realizar: escuchar música, escribir, pintar, leer libros (para fortalecer y ampliar nuestro intelecto), pasear disfrutando de la madre naturaleza con nuestros pocos amigos -que se cuentan con los dedos de una mano y aún nos sobran dedos. ¡Tantas y tantas ocurrencias que no pudimos hacer…! Amor en los jóvenes, amor en los mayores.

El trabajo es para muchos de nosotros -de la tercera o de la cuarta edad, sólo Dios lo sabe- la única actividad que nos produce suficientes motivos para seguir viviendo, a la vez que constituye una manera o forma de llenar nuestras vidas, que se mueven en el olvido de propios y extraños.

La sociedad que nos ha tocado vivir (¿esa maravillosa democracia española, qué nos habla del estado de bienestar para todos, que nos habla de la igualdad de oportunidades, que nos habla de viviendas asequibles para nuestra juventud…?) ha roto aguas por los cuatro costados, y ha relegado a las personas longevas, única y exclusivamente, para que emitan su voto cada cuatro años. A lo sumo ha construido pocas residencias -jaulas de soledad- donde podemos ir a morir, y, desde luego, ser olvidados por propios y extraños. Eso sí, para morir con tranquilidad, llevando sobre nuestras espaldas sacos pesados con tierras cargadas de olvidos, penas y sinsabores.

Volver a enamorarnos -nuestros corazones perezosos por el paso del tiempo, que son el sol de nuestras vidas ya marchitas-, ya que, indudablemente, los mayores también somos seres humanos que poseemos nuestros corazoncitos -que siguen latiendo con lentitud-, pero caminamos despacio, hablamos despacio, comemos despacio… Debemos pasar ‘Del rosa al amarillo‘, esto es, de la vitalidad y pasión amorosa juvenil a un status de personas maduras: vida afectiva, segunda actividad, fomento de la cultura, hacer lo que nunca pudimos llevara la práctica… ¡Ah!, se me olvidaba (¿no lo adivináis?), y continuar nuestra vida sexual, un tanto limitada, y quien diga lo contrario miente como un cosaco (pido disculpas a los cosacos), pero relegada al quinto lugar según el orden expuesto de lo que piensa un semejante vuestro, que puede estar equivocado.

 

También podemos volver a enamorarnos, ya que, indudablemente, los mayores también somos seres humanos que poseemos nuestros corazoncitos

Nuestras jubilaciones son una buena etapa de nuestras vidas, dorada diría yo, para viajar -aunque sea con el IMSERSO- y conocer muchos países: gentes, costumbres, artes culinarias, folclore, etc. Hemos de perder el miedo que todos tenemos a subir en los aviones, pues sabemos que, a lo largo del año, son innumerables las personas que fallecen en accidentes de tráfico por las carreteras españolas y del mundo entero.

 

“Hoy en día -me comentaba un viejo amigo, con el que tengo la costumbre de tomar café todos los días- el hombre/mujer tienden a vivir mayor número de años, comenzando a trabajar tardíamente, y jubilándose muchos antes que en tiempos pasados”. Hechos contrastados todos mañana, tarde y noche por los medios informativos. Y es que en la vejez nos sobra el tiempo, que marcan los relojes como testigos del tiempo que son (tic tac, tic tac del reloj). “¿Que son mil años? El tiempo es corto para el que piensa, e interminable para el que desea”, Émile Chartier.

“¿Qué haces?, ¿a dónde vas?, ¿quién ha llamado?, ¿qué pondrás de comer?”. Éstas y muchas otras conversaciones se producen, de hecho, dentro de los hogares, cuando los hombres jubilados no desempachamos actividad alguna. Con lo que, sin duda, al sobrarnos tanto tiempo para no hacer ‘nada’, podemos llegar a hacernos un tanto molestos -en nuestros propios domicilios- con nuestros familiares. En cualquier caso, y si lo estimamos conveniente, no sería mala estratagema integrarnos en grupos de trabajo para colaborar en tareas humanitarias, religiosas, ecológicas, etc.

Y esto ocurre cuando las personas mayores saben, mejor que nadie, qué es importante en la vida, qué es accesorio, qué merece la pena hacer o desarrollar, qué amor es el verdadero y cuál es el falso… Sí, desde luego, es cierto que los humanos llevamos anexa a nuestras mentes la soledad, sí, la soledad, cuando nos encontramos mermados en nuestras facultades físicas y mentales. Porque nuestros vínculos con los hijos -familias generalizadas- se van debilitando progresivamente a medida que cumplimos más años.

Y, sin embrago, entiende uno que la longevidad es un gran tiempo de ocio, que nos permite dedicarnos a laboriosidades que engrandecen el corazón al hombre y a la mujer, y viceversa. Y de esta manera buscamos y encontramos tranquilidad en el alma, y sosiego en nuestros corazones…, que ya corren cansinos por la tierra prometida.

 

Y esto ocurre cuando las personas mayores saben mejor que nadie, qué es importante en la vida, qué es accesorio, qué merece la pena hacer, qué amor es el verdadero y cuál es el falso

Hoy por hoy no es raro comprobar que el anciano/a se cambie, con cierta frecuencia, desde el domicilio de un hijo al de otro en cortos espacios de tiempo. Uno, cualesquiera, todos los que somos protagonistas de la senectud -período natural de la vida humana-, llegamos a entender que somos viejas maletas -rotas y desteñidas- que se van pasando de mano en mano nuestros descendientes, tal y como si nadie las quisiera. ¡Que triste resulta nuestra vejez que!

 

Esto fomenta, indudablemente, que el anciano deje de entender que la vida, y hasta nuestra muerte, tiene un sentido y muchas finalidades: respetémonos y amémonos los unos a los otros, que ésta es la verdadera religión del ser humano. Atrás quedan los cristianos, los mahometanos, los católicos, los budistas… todas las religiones que tienen un solo Dios: el Dios de todas las religiones. Y comprendo que, si cada día tenemos un sueño, una ilusión, una tarea a desarrollar, de esta manera moriremos -poco a poco- sin darnos cuenta.

Por último, como colofón, no dejo de leer y comprobar que son los ancianos -sus personas- en los que se acumulan mayores índices de depresiones y suicidios. Vivir en estas situaciones y desear la muerte, verdaderamente, todo es uno. Por cierto, que los viejos deben y pueden enamorarse, pues mientras hay vida existe siempre el camino hacia la esperanza.

La Coruña (España), 13 de septiembre de 2012

Mariano Cabrero Bárcena es escritor

 

De la juventud a la senectud

El tiempo libre ofrece un gran abanico de opciones

 

OPINIÓN / La vejez, junto a obstáculos que superar, ofrece posibilidades para llevar a cabo lo que otra etapa de la vida no nos permitió

Siempre fueron muy felices mis progenitores, ni que decir tiene… Se despedían, cuando novios, con mil besos -capullos de rosas mil colores- en el portal de la casa de mi madre. Más tarde se llamaban por teléfono mil y una veces al día, se escribían pequeñas misivas cada dos por tres, y jamás sintieron el vacío de sus corazones enamorados.

Nunca se les acabó el amor: siempre tenían caricias y besos para demostrarlo. Felices fueron, ¡muy felices!, sabiendo pasar del rosa al amarillo -de la juventud a senectud- en sus vidas terrenales.

Mi madre y mi padre -ella y él- habían ido un montón de veces al cine, al teatro, a bailar, a la Zarzuela, a la Feria del libro, a la del Vino, a la de los anticuarios… Vivir para creer en los sentimientos propios y los ajenos, y morir para nunca jamás olvidar tiempos pasados: sean éstos buenos o malos, menos buenos o menos malos.

 

Nuestras limitaciones a lo largo de la vejez y últimas vivencias -con la experiencia que dan los años- hacen que éstas nos concedan el tiempo suficiente para poder pensar y plantearnos ‘cómo pasar el tiempo’

Sin presente y sin futuro para planificar, necesariamente, la vida en la vejez tiende a refugiarse en el pasado: ¡qué tristes perspectivas de vida se avecinan para las personas mayores! Pienso, muchas veces, que es provechoso reírse de un mismo e, incluso, de nuestra propia sombra: de esta manera descubro lo poco que sé, y lo mucho que me queda por aprender.

 

Nuestras limitaciones a lo largo de la vejez y últimas vivencias -con la experiencia que dan los años- hacen que éstas nos concedan el tiempo suficiente para poder pensar y plantearnos ‘cómo pasar el tiempo’, y entiende uno que debemos dedicarnos, precisamente, a desarrollar aquellas actividades que, por falta de tiempo, nunca pudimos realizar: escuchar música, escribir, pintar, leer libros (para fortalecer y ampliar nuestro intelecto), pasear disfrutando de la madre naturaleza con nuestros pocos amigos -que se cuentan con los dedos de una mano y aún nos sobran dedos. ¡Tantas y tantas ocurrencias que no pudimos hacer…! Amor en los jóvenes, amor en los mayores.

El trabajo es para muchos de nosotros -de la tercera o de la cuarta edad, sólo Dios lo sabe- la única actividad que nos produce suficientes motivos para seguir viviendo, a la vez que constituye una manera o forma de llenar nuestras vidas, que se mueven en el olvido de propios y extraños.

La sociedad que nos ha tocado vivir (¿esa maravillosa democracia española, qué nos habla del estado de bienestar para todos, que nos habla de la igualdad de oportunidades, que nos habla de viviendas asequibles para nuestra juventud…?) ha roto aguas por los cuatro costados, y ha relegado a las personas longevas, única y exclusivamente, para que emitan su voto cada cuatro años. A lo sumo ha construido pocas residencias -jaulas de soledad- donde podemos ir a morir, y, desde luego, ser olvidados por propios y extraños. Eso sí, para morir con tranquilidad, llevando sobre nuestras espaldas sacos pesados con tierras cargadas de olvidos, penas y sinsabores.

Volver a enamorarnos -nuestros corazones perezosos por el paso del tiempo, que son el sol de nuestras vidas ya marchitas-, ya que, indudablemente, los mayores también somos seres humanos que poseemos nuestros corazoncitos -que siguen latiendo con lentitud-, pero caminamos despacio, hablamos despacio, comemos despacio… Debemos pasar ‘Del rosa al amarillo‘, esto es, de la vitalidad y pasión amorosa juvenil a un status de personas maduras: vida afectiva, segunda actividad, fomento de la cultura, hacer lo que nunca pudimos llevara la práctica… ¡Ah!, se me olvidaba (¿no lo adivináis?), y continuar nuestra vida sexual, un tanto limitada, y quien diga lo contrario miente como un cosaco (pido disculpas a los cosacos), pero relegada al quinto lugar según el orden expuesto de lo que piensa un semejante vuestro, que puede estar equivocado.

 

También podemos volver a enamorarnos, ya que, indudablemente, los mayores también somos seres humanos que poseemos nuestros corazoncitos

Nuestras jubilaciones son una buena etapa de nuestras vidas, dorada diría yo, para viajar -aunque sea con el IMSERSO- y conocer muchos países: gentes, costumbres, artes culinarias, folclore, etc. Hemos de perder el miedo que todos tenemos a subir en los aviones, pues sabemos que, a lo largo del año, son innumerables las personas que fallecen en accidentes de tráfico por las carreteras españolas y del mundo entero.

 

“Hoy en día -me comentaba un viejo amigo, con el que tengo la costumbre de tomar café todos los días- el hombre/mujer tienden a vivir mayor número de años, comenzando a trabajar tardíamente, y jubilándose muchos antes que en tiempos pasados”. Hechos contrastados todos mañana, tarde y noche por los medios informativos. Y es que en la vejez nos sobra el tiempo, que marcan los relojes como testigos del tiempo que son (tic tac, tic tac del reloj). “¿Que son mil años? El tiempo es corto para el que piensa, e interminable para el que desea”, Émile Chartier.

“¿Qué haces?, ¿a dónde vas?, ¿quién ha llamado?, ¿qué pondrás de comer?”. Éstas y muchas otras conversaciones se producen, de hecho, dentro de los hogares, cuando los hombres jubilados no desempachamos actividad alguna. Con lo que, sin duda, al sobrarnos tanto tiempo para no hacer ‘nada’, podemos llegar a hacernos un tanto molestos -en nuestros propios domicilios- con nuestros familiares. En cualquier caso, y si lo estimamos conveniente, no sería mala estratagema integrarnos en grupos de trabajo para colaborar en tareas humanitarias, religiosas, ecológicas, etc.

Y esto ocurre cuando las personas mayores saben, mejor que nadie, qué es importante en la vida, qué es accesorio, qué merece la pena hacer o desarrollar, qué amor es el verdadero y cuál es el falso… Sí, desde luego, es cierto que los humanos llevamos anexa a nuestras mentes la soledad, sí, la soledad, cuando nos encontramos mermados en nuestras facultades físicas y mentales. Porque nuestros vínculos con los hijos -familias generalizadas- se van debilitando progresivamente a medida que cumplimos más años.

Y, sin embrago, entiende uno que la longevidad es un gran tiempo de ocio, que nos permite dedicarnos a laboriosidades que engrandecen el corazón al hombre y a la mujer, y viceversa. Y de esta manera buscamos y encontramos tranquilidad en el alma, y sosiego en nuestros corazones…, que ya corren cansinos por la tierra prometida.

 

Y esto ocurre cuando las personas mayores saben mejor que nadie, qué es importante en la vida, qué es accesorio, qué merece la pena hacer, qué amor es el verdadero y cuál es el falso

Hoy por hoy no es raro comprobar que el anciano/a se cambie, con cierta frecuencia, desde el domicilio de un hijo al de otro en cortos espacios de tiempo. Uno, cualesquiera, todos los que somos protagonistas de la senectud -período natural de la vida humana-, llegamos a entender que somos viejas maletas -rotas y desteñidas- que se van pasando de mano en mano nuestros descendientes, tal y como si nadie las quisiera. ¡Que triste resulta nuestra vejez que!

 

Esto fomenta, indudablemente, que el anciano deje de entender que la vida, y hasta nuestra muerte, tiene un sentido y muchas finalidades: respetémonos y amémonos los unos a los otros, que ésta es la verdadera religión del ser humano. Atrás quedan los cristianos, los mahometanos, los católicos, los budistas… todas las religiones que tienen un solo Dios: el Dios de todas las religiones. Y comprendo que, si cada día tenemos un sueño, una ilusión, una tarea a desarrollar, de esta manera moriremos -poco a poco- sin darnos cuenta.

Por último, como colofón, no dejo de leer y comprobar que son los ancianos -sus personas- en los que se acumulan mayores índices de depresiones y suicidios. Vivir en estas situaciones y desear la muerte, verdaderamente, todo es uno. Por cierto, que los viejos deben y pueden enamorarse, pues mientras hay vida existe siempre el camino hacia la esperanza.

La Coruña (España), 12 de septiembre de 2012

Mariano Cabrero Bárcena es escritor