La pena de muerte

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La pena de muerte es inhumana…

Al menos seis personas son ejecutadas legalmente cada día en este mundo de Dios-el Dios de todas las religiones-.Recogidos   datos al respecto en la organización Amnistía Internacional: (…) más de la mitad de los países del Globo Terráqueo usan la ‘pena de muerte’. Y es que la ‘pena de muerte` supone-muchas veces-  una lenta agonía para el ejecutado/a, y al aplicarles  el gas letal –sus muertes se hacen interminables… ¡Tremenda barbaridad!

“(…) Tubos intravenosos conectados a las venas de sus brazos  portarán el instrumento de muerte: un líquido tóxico diseñado específicamente con el propósito de matar seres humanos. Los testigos que estén presentes a pocos metros de distancia le mirarán, no como un acusado o como un convicto, sino como un hombre prisionero en su camilla y a segundos de su extinción…Pienso que (…). Por lo tanto, de hoy en adelante no volveré a enredar con la máquina de la muerte”, así se expreso el venerado juez Harry A. Blackmun, en el año 1994 (Noviembre 12, 1908 – Marzo 4, 1999).

 El Tribunal Supremo de Estados Unidos declaró inconstitucional-en su día-el ejecutar a personas con ‘retraso mental’, de ‘menores de edad’ o que no hubieran cometido asesinato. Hoy en día se mata legalmente en treinta y siete estados de los cincuenta que componen los Estados Unidos de América. Todo esto es muy triste: ¡Matar legalmente! Si uno fuera sentenciado, entraría mi  corazón en lenta agonía, y mis ojos derramarían lágrimas de invierno, volando mi alma al  cielo…

 Ejecutar a un hombre/mujer a sangre fría puede ser considerado como un acto de simple y pura venganza. La justicia penal existe para asegurar que los delincuentes–en todas sus facetas–, cumplan las penas por los delitos cometidos, pero jamás debe existir una justicia para “eliminar” seres humanos. Aunque éstos hayan cometido crímenes de guerra, genocidios, asesinatos, violaciones con resultado final de muerte, atracos a mano armada…: la pena_de_muerte . Ésta podía ser conmutada por la de ‘cadena perpetua’: más racional y, hasta cierto punto, más humana…Todos los argumentos se hunden por su propio peso cuando tratan de justificar “la pena de muerte”, existiendo-como existen, penas privativas de libertad (cadena perpetua, en último caso).

 Según el último informe de Amnistía Internacional (31 de diciembre de 2009), en relación con las personas que había condenadas a muerte en el mundo, éste cifraba el número en 17.118. Terribles datos pero presuntamente ciertos. Informes concretos de China, Egipto, Irán, Malasia, Sudán, Tailandia y Vietnam…no existen, no los facilitan.

 Santo Tomás de Aquino, en su máxima obra “La suma teológica” (parte II, cap. 2, párrafo 64) sostiene que “todo poder correctivo y sancionatorio proviene de Dios, quien lo delega a la sociedad de hombres; por lo cual el poder público está facultado como representante divino, para imponer toda clase de sanciones jurídicas debidamente instituidas con el objeto de defender la salud de la sociedad. De la misma manera que es conveniente y lícito amputar un miembro putrefacto para salvar la salud del resto del cuerpo, de la misma manera lo es también eliminar al criminal pervertido mediante la pena de muerte para salvar al resto de la sociedad”.

Y es que la sociedad americana así lo demanda, con harto dolor de nuestros corazones. En cierta ocasión, un taxista de San Francisco–partidario de la pena de muerte–argumentó que “los costos (gastos) económicos de un condenado a muerte, si este último fuese condenado a cadena perpetua, serían demasiados y, claro está, el pueblo americano no tiene por qué gastar tanto dinero, y es más económico matarle”. ¡Bonita manera de pensar!

Y sin embargo, ¿Por qué nos sorprendemos que los estadounidenses hablen–piensen, pocas veces los hacen–de esta manera? Todos hemos oído, una y mil veces, que “míster Dólar” es lo único y más importante en sus cotidianas vidas. La ideología–mediando el vil metal–acaba siempre penetrando en el más recóndito rincón de la mente humana. Incluso presidentes americanos trataron de erradicar ‘la muerte legal’ de la legislación penal, pero ninguno lo consiguió, incluido el ex presidente Bill Clinton. Y estas personas que así piensan, mal que nos pese, elegirán al futuro presidente de los Estados Unidos de América.

Pero los americanos aplauden la pena capital, dado que ellos la llevan a la práctica. Un informe de Amnistía Internacional(ONG, 1996) nos señaló que la pena capital está incluida en el derecho penal de 99 estados. Países que han pretendido y pretenden ser modelo para el respecto de los derechos humanos (EE.UU., Rusia, China, Japón, etcétera), continúan manteniendo en vigor las ejecuciones de nuestros semejantes. En EE.UU. se sigue aplicando la máxima pena en los estados de Virginia, Florida, California, Texas…, no obstante, el número de homicidios no ha disminuido tal y como se esperaba.

Gianni Vattimo (filosofo) manifestó que “si alguna cosa justificaba aún el calificativo de primitivo es la pena de muerte”. “Si capitán me manda matar soldados, /no mataré jamás hermanos; /he de vivir sin paz matando, / quiero morir sin ser soldado”, vieja canción: la canción del soldado. Ésta alberga posiblemente en las mentes de los soldados de cualquier nacionalidad que, cumpliendo con su deber como profesionales de un ejército, sufren innecesariamente y hacen sufrir a los pueblos involucrados en dos guerras programadas por ciertos gobiernos de turno.

Y a todo esto llamamos cultura, globalización, democracia, derechos humanos… Todos son miedos y mentiras, todos son mentiras y miedos que marchan unidas en un perfecto engranaje que nadie sabe a dónde nos conducirá. Son el bien y el mal juntos, hermanados, que se dan la mano para pasear por estos mundos de Dios, y que siembran de crespones negros, a modo de agujeros, la geografía universal. Quizá estemos ciegos de soberbia, quizá hemos olvidados derramar lágrimas vírgenes, quizá vamos encarando un mundo sin control ni norma alguna bajo el signo de los políticos corruptos, que los hay.

La Coruña (España), 30 de septiembre de 2014

©Mariano Cabrero Bárcena es escritor

 

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El hombre viejo en el dolor

El hombre viejo en el dolor
OPINIÓN / A medida que me hago viejo he podido observar que nos estamos volviendo conformistas, y damos por bueno que mucha gente mienta, estafe, robe, difame y niegue

A medida que me hago viejo, la vida me ha enseñado muchísimas cosas estupendas, y una muy importante: escuchar y saber respetar a los demás, sus ideas, sus sentimientos, amores y desamores: la vida misma que les pertenece son las luces y las sombras que llevamos todos en el interior de nuestros corazones. He tratado de no mentir, aunque uno lo haría en dos casos muy concretos: a) para salvar la vida de un ser humano, y b) para elogiar la belleza de una mujer –parto de la base que para uno existen tan sólo mujeres menos guapas, pues toda mujer tiene su encanto-.

Pero qué gran grandeza de corazón tienen las personas que aman a las mujeres, y qué sentimientos más humanos poseen los que logran salvar la vida de cualquier ser humano: no soy partidario de la pena de muerte, y mis ojos miran a las mujeres llorando lágrimas de invierno.

A medida que me hago viejo (me duele el cuerpo todos los días), he podido ver y comprobar cómo excesiva gente cree tener derecho a todo: los escritores/as a que se publiquen sus obras (en realidad es un derecho que no se puede negar a nadie), pero deben contar con el beneplácito de los editores. Los políticos españoles (pues supongo que los de otras nacionalidades harán lo propio, y a las pruebas me remito: Grecia, Italia, Irlanda…) que se marcan sus propios sueldos, no comprendiendo uno de dónde sacan ese derecho, y que se marchan de rositas con sus bolsillos llenos de euros, después de que sigue uno siendo testigo de tantos abusos cometidos por algunos ediles (¿todos ellos han pasado a la cárcel?) que han tenido que dimitir, habiendo tenido las manos libres del control estatal, que debía haber habido… Y que, aun así, los ciudadanos españoles hemos acudido a votar el pasado 20N.

“Todo esto pasa en el mundo de la política, pero está también alcanzado al mundo empresarial, al de los periodistas, al de los escritores, al de los policías, al de los compañeros de trabajo”

A medida que me hago viejo (me duele el cuerpo todos los días), he podido observar… que nos estamos volviendo conformistas, y damos por bueno que mucha gente mienta, estafe, robe, difame y niegue las evidencias de los hechos consumados. Todo esto pasa en el mundo de la política, pero está también alcanzado al mundo empresarial, al de los periodistas, al de los escritores, al de los policías, al de los compañeros de trabajo y al mundo de los propios vecinos.

A medida que me hago viejo (me duele el cuerpo todos los días), se va uno acordando de muchas cosas que ya pasaron, pero que es bueno recordar: John Edgar Hoover, quien fue director del FBI, se dedicó a espiar -a diestra y siniestra- a numerosas personas, incluyendo a los homosexuales por el hecho de serlo (los homosexuales son personas como todos nosotros, y creados por el Dios de todas las religiones…): todos sabemos que presuntamente estuvo conyugalmente unido a su director adjunto, Clyde Tolson.

Historias de amor existen muchas, indudablemente que sí, pero cuando uno ha cumplido más de sesenta años se puede morir de y por amor. Recuerdo a dos personas, ella de 60 y él de 64, que se habían amado como nadie se ama en esta vida: con ternura, con delicadeza, con sentimiento… Al poco tiempo ella se enfermó de… cáncer de pulmón –esa terrible enfermedad que todos llevamos dentro, y que aparece cuando menos la esperamos–, aunque nunca fumó. Su vida se esfumó a los cuatro meses, ni un día más. Él estaba destrozado, pues su semblante así lo expresaba: pasados dos meses falleció como consecuencia de un paro cardíaco. Su corazón había expulsado sangre de amor por los cuatro costados.

Siempre me pregunté por qué fue tan rápida aquella muerte: posiblemente aquel hombre terriblemente enamorado de su mujer no supo ni quiso seguir viviendo con su dolor insufrible, y dijo: “¡Basta ya! Me voy… porque he perdido una parte de mi cuerpo. Eran más de cuarenta y cinco años de convivencia y armonía”.

“El problema reside en nosotros mismos, pues pensamos que el dinero, el poder y los distintos placeres serán los que nos libren de preocupaciones: nada más lejos”

Antes de morir, nuestro hombre en cuestión, había expresado a una enfermera de turno de guardia: “El llegar a ser anciano no tiene porqué convertirse en un camino sombrío, en un trayecto penoso. Pero lo cierto es que, en nuestra civilización actual -por así llamarla, pues en muchas ocasiones damos muestras inequívocas de estar poco civilizados…- la vejez la estamos transformando en un problema emocional -nubes emocionales vestidas siempre de lutos-. Y es que muchas familias tienden a aparcar -como si de coches chatarra se tratasen- a sus más queridos seres -viejos- en cualesquiera residencias, donde los sentimientos humanos se transforman en piedras de granitos arcaicas, donde las ilusiones desaparecen todos los días cuando se acuesta la luna. Y esto ocurre cuando las personas mayores saben, mejor que nadie, qué es importante en la vida, qué es accesorio, qué merece la pena hacer o desarrollar, qué amor es el verdadero y cuál es el falso…”.

Pongamos en suerte el arte de comunicar, conversar, etc., que parece haber sido olvidado últimamente de la faz de la tierra. El problema reside en nosotros mismos, pues pensamos que el dinero, el poder y los distintos placeres –que la propia vida nos pone al alcance de la mano–, serán los que nos libren de preocupaciones: nada más lejos. Uno piensa que el amor ni se compra ni se vende: se siente. Si no es así, no es verdadero amor. Quizá uno, tú, todos… seamos nuestros peores enemigos y estamos fomentando la posesión de corazones muertos (por corazones vacantes), los cuales nunca jamás darán la felicidad a nuestros semejantes.

Y dado que la violencia engendra violencia, y es el plato de cada día en televisión, hemos de desterrarla –en la medida de lo posible– dentro de nuestra ‘pequeña pantalla’, dentro de los campos de fútbol, dentro de nuestro trabajo… dentro de nuestra cotidiana vida. Porque… Ashley Montagu –antropólogo- señaló: “Aprender a hablar cuesta muchos meses. Aprender a amar puede costar años. Ningún ser humano nace con impulsos hostiles o violentos, y nadie se vuelve hostil o violento sin tomarse el tiempo necesario para aprenderlo”. Nuestra cotidiana vida, hoy en día, es una amplia escuela de violencia, que hemos de digerir para no sembrar semillas de violencia.

Debe haber permisividad hacia la conducta humana, hacia el cine, televisión, pero hasta esa frontera que separa el bien del mal. Vaclav Havel (político y dramaturgo) dejó escrito: “La tolerancia empieza a ser una debilidad cuando el hombre comienza a tolerar cosas intolerables, cuando empieza a tolerar el mal”. “Desgraciadamente no hay computador ni matemático que pueda fijar la frontera (…)”. A medida que me hago viejo siempre estoy recordando lo que dejó escrito, Enrique Lacordaire: “A medida que me hago viejo, veo cuán necesario es que los superiores den ejemplo y no hagan lo que no permitirían hacer a los demás”. “El hombre viejo en el dolor”, estupenda pintura de Vicente van Gogh.

La Coruña, 25 de noviembre de 2011

Mariano Cabrero Bárcena es escritor

Google / Imágenes/“El hombre viejo en el dolor”, de Vincent van Gogh

Los recuerdos afloran a nuestra memoria

Recuerdos

Recuerdos que son silencios caídos del cielo

“Afloran tres recuerdos diferentes en una noche en la que no dormí bien, como ocurre me involucro con esas ‘pobres gentes’ que malviven cerca de nuestros domicilios”

Debo comunicaros que… anoche no dormí bien. Dicho de otro modo: no pegué ojo. Me pasó lo que yo sé. “Cuando llevo un día agitado y preocupado, resolviendo o tratando de resolver -en la medida de lo imposible, haciendo que sean posibles- serios problemas, que afectan a esas ‘pobres gentes’ -sin comida, sin ropas, sin ganas o con pocas ganas de seguir viviendo…-, que malviven no lejos de mi domicilio, me ocurre siempre lo mismo: por la noche no duermo”.

“A mi memoria acudieron -y todos puestos de pie-: una mujer, y un hombre, y luego otra mujer, narrándome sus experiencias (vivencias) de su pasado, que marcaron en sus vidas un triste amanecer”

Es curioso cómo, a veces, los recuerdos afloran a nuestras memorias -verdaderas ‘cajas de sorpresas’-, que son silencios caídos del cielo como agua de mayo…, y que, no lejos de la verdad, nos marcan las directrices exactas a seguir por nuestros entendimientos: éstas que son sacudidas por el motor que mueve la sangre por mis venas: el corazón humano. Corazón y entendimiento, entendimiento y corazón: ambos piezas fundamentales para mover el mundo…

A mi memoria acudieron -y todos puestos de pie-: una mujer, y un hombre, y luego otra mujer, narrándome sus experiencias (vivencias) de su pasado, que marcaron en sus vidas un triste amanecer.

Amanece el primer día: es la historia de una mujer…
Había casi nadie. Corrían las siete de la tarde cuando me encontraba tomando un cafetín, y ojeando revistas ‘matacorazones’. Entró en el establecimiento la hija de un buen amigo mío -por el que siento gran afecto-, que me dijo: “¿Dispones de cinco minutos?”. “Y de cinco mil”, le contesté. Clavó su mirada sobre mis ojos, y exclamó: “¡Deseo ser madre, lo necesito…!”. En mi sesera pululaban mil y una preguntas, y le inquirí -tratándole de ayudar-: “¿Estás embarazada, quizá?”. Al pronto, respondió: “¡Ni mucho menos!…”. Me comentó que salía con chicos, tipos -casados y solteros-, y que “más valía no hablar de sus…”. También me explicó que su vida pasional -ley del deseo sexual- así la resolvía, mas su corazón aparecía frío, con color de muerto. Esta semejante nuestra ha sido y es una competente mujer siglo XXI: tiene talento, escribe libros, es maestra del Estado… formando parte del organigrama social por méritos propios. Mi buena amiga -salvando edades- es atea, no cree en los hombres y menos aún en el amor. Así me lo confesó, y anuencia me dio para comentarlo.

En cualquier caso, mi contertulia es una criatura valiente -hermosa, guapa e inteligente-, que escogió su voluntaria soltería. Es decir, el afrontar la vida lejos de sus progenitores, siendo responsable de sus propias decisiones. Esta solitaria y amorosa mujer, sabe que “el amor es una flor demasiado preciosa para cortarla” (proverbio chino), prosiguió con sus confesiones amigables. Así, desalojó de su interior miedos y temores con soledad. Y me dijo más: “Necesito dar cariño a alguien, necesito un hombre para fabricar un bebé -el de mis sueños-, pero, ¡maldito sida!: tropiezo con él a la vuelta de cualquier esquina”. Es evidente, hoy por hoy, que existen niños/as educados, y bien, por sus madres solteras.

“Mi buena amiga -salvando edades- es atea, no cree en los hombres y menos aún en el amor. Así me lo confesó, y anuencia me dio para comentarlo”

Deseo ser madre…
Ante sus temores -que son los nuestros- aconsejé: “Busca un hombre -¡qué los hay!-, que respete tu cuerpo y temple tu alma”. Explícale tu proyecto amoroso -le dije-, pues hallarás ese hombre. Él te transmitirá sus sentimientos de admiración, aprecio y agradecimiento…, que dejarán huellas perpetuas en el interior de tu vientre. Ésta es nuestra soledad de amor que estamos creando. Paradojas de las postrimerías de nuestro siglo XX: un solo niño, una sola madre también.

Y es que nos hace falta llorar, nos hace falta reír, nos hace falta comunicarnos… Nuestras penas y nuestras alegrías, pero comunicarnos. Por esto, sin duda, nos pasamos la vida ‘mendigando maternidad’. Hagamos que nuestros semejantes sean hermanos nuestros, en lo malo y en lo bueno, pero hermanos nuestros. No me cabe la menor duda de que ser madre es uno de los grandes tesoros de esta vida.

Escucho las palabras del poeta, que dice: “La mujer capricho/ por eso vive de él; / y el hombre que de ella vive, / capricho de ella es”. Erikson mantuvo que “las mujeres están destinadas a tener hijos”. Se equivocó, como seres humanos que somos. En verdad esta muchacha estaba mendigando maternidad. Si mi hija, de su edad, me hubiese pedido consejo, quizás, mi corazón lloraría lágrimas de invierno, y mi laringe articularía palabra alguna.

Amanece el segundo día: es la historia de un hombre…
Era tarde y tenía mucha prisa. Poca gente circulaba por la calle; sólo un hombre sentado sobre las escaleras de un portal, quien me dijo: “¡Eh!, escuche…”. Paré mis pasos, preguntándole: “¿Le ocurre algo?”. Cruzamos nuestras miradas, mientras sostenía en sus dedos un cigarrillo apagado, diciéndome: “¿Me da fuego?”. Yo no fumo, le contesté.

¿Quién sería aquel personaje? Vestía ropas cansadas por el tiempo, sin afeitar, y tendría sobre setenta y siete años. Volviendo sobre lo andado, le dije: “Tome, tome… cien pesetas”. “No pido limosna y nunca la he pedido”, me contestó. Para enmendar mi anterior error, continué diciéndole: “¿Quiere tomar un vino?”. Al instante, respondió: “Poco bebo y cuando lo hago me lo pago yo”.

“Por esto, sin duda, nos pasamos la vida ‘mendigando maternidad’. Hagamos que nuestros semejantes sean hermanos nuestros, en lo malo y en lo bueno, pero hermanos nuestros”

Por mi cabeza circulaban mil y una preguntas, y le interpelé: “¿Qué desea entonces?”. Al momento, contestó: “¡Hablar!, hace más de un siglo que no hablo con nadie”. Le sonsaqué si contaba con familia y contestó que tenía tres hijos y cuatro nietos. “Más vale no hablar…; y, con la vejez, pierde uno hasta los buenos amigos”, concluyó diciendo.

He leído poco y me han contado algunas cosas sobre los ancianos. Allí se encontraba una de esas criaturas solitarias, un semejante que sólo solicitaba “hablar”… y una cerilla que no le pude dar. Verdaderamente era alguien que estaba mendigando humanidad; bueno…, sí era realmente un ser que estaba solo.

Me arrepentí después de no haber estado más tiempo con él -ahora que está de moda no arrepentirse de nada (ni los políticos cuando mienten o se equivocan, ni los economistas cuando yerran en sus pronósticos…)-, con su soledad y sus miedos, su aislamiento…, que será el que uno tendrá a pocos años vista, si la sociedad en la que estamos inmersos no cambia sus costumbres deshumanizadas.

Cuando viejos comienzan nuestras grandes limitaciones físicas e intelectuales y entonces el afecto, la comprensión, el cariño… suplen unas y otras. El último recorrido de mi corta o larga vida la veo más llevadera dentro de la convivencia familiar y no aislada en tristes residencias que, aunque bien atendidas y limpias, son paredes muertas de mi propia soledad. Hay un antiguo proverbio chino que dice: “De jóvenes somos hombres, de viejos, niños”. Pues bien, ¡cuidemos a los niños!

Nuestra actual sociedad se ha olvidado de nuestros niños y ancianos, ignorando que los últimos han sido ya los primeros y, si Dios quiere, los primeros serán los últimos. Y es que nuestras universidades utilizan medios educativos trasnochados, que imparten conocimientos pero se olvidan de forman personas -jóvenes-, que son los verdaderos motores para construir un mundo mejor que el nuestro. La historia así nos lo enseña, y Rubén Darío también en su maravillosa Canción de Primavera: “Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! (…)”.

“Por mi cabeza circulaban mil y una preguntas, y le interpelé: “¿Qué desea entonces?”. Al momento, contestó: “¡Hablar!, hace más de un siglo que no hablo con nadie”

¡Solo deseo hablar con alguien…!

Estamos en un mundo presos del miedo y la no comunicación. Nos hace falta llorar, nos hace falta reír, nos hace falta comunicarnos… Nuestras penas y nuestras alegrías, pero comunicarnos. Por esto, sin duda, nos pasamos la vida ‘mendigando humanidad’. Hagamos que nuestros semejantes sean hermanos nuestros. Sin distinción de raza, opción sexual, sexo, religión, minusvalía…

La Iglesia Católica -a la que pertenezco- no está por la labor de repartir tanta riqueza como posee… El Vaticano es inmensamente rico, así como las numerosas e innecesarias -muchas de ellas- órdenes religiosas que componen nuestra religión. Viven en su monasterios “a cuerpo de rey”, con buenas calefacciones, estupendos coches y cuerpos nutridos por sobrealimentación… No digamos nada del ‘Opus Dei’ (¡dinero y poder, poder y dinero!). Mientras por las calles pululan millones de desheredados de la fortuna… muriéndose de hambre y ‘mendigando humanidad’. ¡Que Dios nos perdone!

[highlight color=bold]Amanece el tercer día: es la historia de otra mujer…
¡Es verdad! Soy un hombre observador, y disfruto -desde luego- ayudando a mis semejantes. Era la hora de la siesta -que nunca duermo-, y me encontraba sentado sobre un banco en el jardín. Dos mujeres jóvenes, de entre treinta y cinco y cuarenta años, hablaban a voces, como lo hacemos la mayoría de los españoles. Piensa uno que ha escuchado todas las cosas de este mundo, pero no, siempre surge algo nuevo. “No puedo aguantar más. Fíjate: ayer me dijo mi jefe que, si me acostaba con él, me propondría para jefe de sección. Ya sabes, habrá pronto un concurso –oposición de régimen interno por méritos (?)- ¡Qué cara dura!”, le contaba la rubia a la pelirroja. “Pues, si fuera yo, no lo pensaría dos veces. ¡Mira qué… son doscientos cuarenta con cuarenta euros más al mes! ¿Quién iba a enterarse?”, le contestó la pelirroja.

Y es que en las empresas, públicas y privadas, se hayan ya muchas mujeres desempeñando labores propias de los hombres, pero sin perder para nada su identidad femenina. A su lado deambulan desaprensivos, vividores, buscadores de cuerpos –oro suave– femeninos deseados… que acosan sexual y moralmente a las féminas –sean casadas, solteras o viudas–. Pasados unos minutos la rubia quedó sola, pero como estamos en democracia, me dijo mi atrevimiento: “Acércate a esa chica, y trata de ayudarla”. “¡Perdone, señorita, mi atrevimiento! No he podido sustraerme a escuchar sus conversaciones y, de verdad, creo que debe denunciarle”, le manifesté. “Le presto mi reproductor de casetes. Ya ve, pequeño como un paquete de cigarrillos. Métalo en el cajón de su mesa de trabajo, y presione aquí (Rec y Play) cuando entre ese cazamujeres de mente estrecha”, terminé diciéndole.

“El último recorrido de mi corta o larga vida la veo más llevadera dentro de la convivencia familiar y no aislada en tristes residencias que, aunque bien atendidas y limpias, son paredes muertas de mi propia soledad”

No es prueba suficiente ante los tribunales de justicia, pero si evidencia ética para que le cambien de negociado. “¿Cree que tendré arrestos suficientes para tenderle esta pequeña trampa a ese hijo de…?”, me contestó. Claro que sí, le dije, pues la democracia –sus leyes– le confieren el derecho a defenderse, y belleza le sobra en abundancia, pero para ser mujer de un solo hombre: su marido. Pues bien, enseñando a un sinvergüenza a respetar a las mujeres, respetará a la propia.

“Quien ama y respeta a una mujer está amando y respetando al mundo entero. No olvidemos que si nosotros estamos pernoctando en este valle de lágrimas se lo debemos a ellas”.

Deseo ser respetada…

“La mujer quiere ser amada sin razón, sin motivo; no porque sea hermosa o buena o bien educada o graciosa o espiritual, sino porque es”, Henri Fréderic Amiel, diario íntimo II. Nos tenían enseñado –en años anteriores– que por el mero hecho de haber nacido hombres, y no mujeres, dominaríamos el mundo: gran error el cometido por nuestros maestros. Hoy por hoy, y a Dios gracias, la mujer/es está/n liberadas para bien o para mal, pero han asumidos todas sus consecuencias. Realmente esta señorita–funcionario, como otras muchas, están -todos los días del año– mendigando honestidad… Cierto es, y he de decir, que el acoso sexual existe en todos los países del mundo, por desgracia.

Y es que el motor que mueve la sangre por mis venas, el corazón, me habla siempre en silencio, y me dice, muchas veces, que todos somos unos mendigos… en busca del amor, en busca del amor de nuestro semejantes. Hoy han hablado tres mendigos, mañana… Pero, es cierto y verdadero que, sin lugar a dudas, los mendigos también aman, los mendigos también desean ser padres, los mendigos también son honestos…

La Coruña, 22 de abril de 2011
Copyright Mariano Cabrero es escritor

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